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Murió haciendo lo que jamás se atrevió

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Murió haciendo lo que jamás se atrevió

No hay motivador más fuerte que la muerte, eso me quedó claro después de ver morir a mi padre. Puedes decirle a un fumador todas las enfermedades que puede adquirir si sigue con ese vicio y no lo dejará hasta que la muerte toque a su puerta, cuando la vea cerca, entenderá. Pero en esta ocasión mi historia no es sobre alguna enfermedad o vicio, sino de algo mucho más fuerte, el miedo. Eso es lo que tenía mi papá, miedo, hasta que alguien tocó a su puerta.

Mi madre me cuenta que mi papá siempre quiso ser escritor, que se la pasaba leyendo y escribiendo en sus libretas, pero jamás se animó a publicar algo, incluso dejaba obras a medias. Me cuentan que ponía cualquier cantidad de pretextos para no atreverse, pero mi mamá siempre supo el verdadero motivo de su indecisión. Tenía miedo de que no fuera bueno, de que recibiera sólo malas críticas, de que nadie quisiera publicarlo, entre muchos otros miedos. Mi madre dejó de insistirle y lo dejó vivir su vida, pero todo cambiaría cuando fueron al médico, donde le detectaron cáncer.

El doctor le dijo que sólo le quedaban seis meses de vida, quizá más, pero no superaría el año. Durante una semana mi papá estuvo desconsolado, sin querer salir de su cuarto. Pasado su duelo, escuchamos que la máquina de escribir que tenemos en un rincón de la sala comenzó a sonar. Estaba tecleando a gran velocidad, así que nos asomamos a través de las celosías que adornan nuestro hogar y vimos a mi padre escribiendo. “¿Qué haces?”, le preguntó mi madre. “Escribo mi primer y última novela”, contestó. “Ya no hay nada que perder, lo más valioso lo perderé en seis meses”, agregó mi progenitor. Esas palabras calaron hondo dentro de mi ser, pues ya había aceptado su destino y quería dejar este mundo haciendo lo que nunca pudo, lo que nunca se atrevió.

Los meses pasaban, su salud se deterioraba pero no dejaba la máquina. Las hojas volaban y otras terminaban arrugadas en el suelo. “Terminé”, dijo una mañana, su última mañana. Pues la madrugada del siguiente día, mi padre falleció. Que curioso es el destino, se esperó para que mi padre terminara su libro en ocho meses y lo dejó dormir para siempre. Vivió dos más de lo que le pronosticaron. Hoy, mi madre y yo estamos a la espera de que salga su primera edición, una que rendirá homenaje al ‘Hombre con miedo’, título que eligió mi padre para su primera obra, no digo que última porque husmeando entre sus papeles y en los documentos de su computadora, encontramos en total cinco obras terminadas, las cuales también llevaremos a que se publiquen a lo largo de los años.

Una de ellas llamó mucho mi atención, pues se tenía de título ‘Nala’, que si lo lees al revés dice mi nombre. Es la carta de un padre a su hija Nala, donde le pide perdón por no haber sido lo suficientemente bueno para ella. Las lágrimas me brotaron hasta que descubrí que estaba incompleto. Decía: “Nala lo volteó a ver, con lágrimas que no lograba descifrar si eran de amor, nostalgia u odio, y ella sólo dijo…”. Fui yo quien escribió el final y fue el mejor regalo que mi padre pudo haberme dejado, la oportunidad de iniciar mi carrera como escritor.